Las malas palabras: mejor en la intimidad

Por María Teresa Canelones Fernández

 

groserias

 

¿Por qué satanizamos y gestualizamos con horror el hecho de decir malas palabras?

Simple: desde niños se nos ha advertido que las también llamadas groserías o improperios deforman el lenguaje, contradicen los buenos modales, ofenden la educación impartida por nuestros padres y abuelos, atentan contra la religión en la que fuimos formados, ¡que qué dirá el vecino de nuestra irascibilidad! y que ¡Dios desatará su furia contra nosotros por haber desatado la lengua!

Pero la verdad es que decir groserías no tiene nada de extraordinario; al contrario, pueden resultar terapéuticas. La psicóloga clínica ecuatoriana Lisset Araujo afirma que las malas palabras son catarsis emocionales altamente sanadoras mientras quien las vocifere no las dirija hacia otros, por lo que entonces siempre serán bienvenidas a nuestras más íntimas guaridas.

Lo mejor de las malas palabras es que cuando se dicen en privado son emitidas con una energía de magnificación demoníaca liberadora que minutos después del estallido desembocan en una conciliación universal. Sin remordimientos gramaticales, denotan un acierto emocional, salvaje, tímido, natural, convenientemente olvidado.

Aunque si estás en un bar en Hong Kong, en alguna cima del Himalaya o en la isla más paradisíaca de la Polinesia Francesa y escuchas: “pelotudo”, “la puta madre que te parió”, “chupame la verga”, “conchudo” y demás genialidades verborrágicas, descubrirás que aflorará el sentido de la argentinidad.

Las groserías suenan mejor en la intimidad porque son música estridente que nos libera. Nos hacen despegar y aterrizar en la vergüenza del prejuicio. Son una conspiración de menudencias que no interrumpen el ciclo natural de las palabras. Fueron inventadas por Dios a través de nuestros ancestros para drenar emociones que saturan las neuronas y estallan en el cuerpo hasta enfermarlo.

El hombre tuvo que idearse sonidos y palabras catalogadas como ofensivas para soltar la rabia, soltar el miedo y soltar la alegría, en un salto de amor por la comunicación.

Tano es porteño y cree que aunque no son indispensables, las malas palabras llenan de musicalidad los territorios más inadvertidos de la cotidianidad. Afirma que la irreverencia y el desquite con uno mismo representan un juego interior en el que participa inevitablemente el humor en su expresión callejera y visceral. “La palabra ‘madre’ continúa teniendo un efecto catártico”, dice.

Si bien decir malas palabras está asociado a la vulgaridad, ordinariez, ignorancia, a la falta de pudor, espiritualidad e irrespeto hacia sí mismo, también es cierto que cuando soltamos aquel rosario de improperios nos sentimos tan livianos porque en nuestros momentos de mayor lucidez nos preguntamos si acaso no es mayor grosería la guerra, la corrupción y la hipocresía.

La iglesia –de cualquier religión– condena las malas palabras, pero históricamente ha interrumpido la vida, ha golpeado el espíritu de niños y niñas, y caminado sobre pisos de mármol. Muchos políticos manejan un lenguaje impecable y conmueven con sus discursos, pero su teatral sentido de la justicia desemboca con elegancia en diplomáticas acciones truculentas. ¿Acaso no son estos actos una exponencial grosería?

Cualquier sistema educativo en el mundo sentencia las malas palabras; sin embargo, la mayor grosería de la educación es creer que puede enseñar de manera categórica y concluyente. Muchos académicos jamás articularían un improperio. Pero, ¿quién inventó el corazón humano? y ¿quién el abecedario? Las malas palabras en privado son la evidencia de un Dios humano, más humano que su creación.