A Salma no le gusta su cuerpo

Por Carol Cazarez Defaz

 

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A Salma Hayek no le gusta su cuerpo. La escuché decirlo en una entrevista de televisión, llevaba un vestido con gran escote cuello en ve. No usó sostén, sus pezones se dibujaban erectos bajo el satén perla. Dijo que le costaba mucho desvestirse en las escenas de sexo. Le parece que su cuerpo no tiene buenas proporciones.

A Salma Hayek no le gusta su cuerpo. Ni aquella noche que salió, en su primera cita, con Edward Norton y llevó un vestido fucsia, corto, con tirantes, que remarcaba sus curvas en las caderas y su estrecha cintura. Salma pasó ese día posando para una sesión fotográfica en Siesta Beach. Fueron a cenar en un restaurante en Miami. En la cena, Norton no paró de mirar sus pies, que lucía con unas sandalias de Vera Wang, dejando al descubierto sus dedos finos, alargados, alineados. Los pies son la única parte de su cuerpo que le gusta. En una oportunidad el actor declaró que jamás se casaría con ella porque no entendía el inglés que hablaba. El idioma inglés sale de la boca de Salma como puede. Esos labios pronunciaron: “evry-body in dis coun-try is an in-mi-grant”, cuando le preguntaron sobre el racismo y xenofobia del presidente estadounidense.

Años después, Norton alabó su capacidad intelectual y lo divertida que era, jamás mencionó sus lindos pies.

Su coprotagonista en la película Frida, Alfred Molina, pensó que la vería desnuda en una escena donde ella interpretó a la pintora mexicana. No pudo. Salma pidió que, en todas las escenas de desnudos, fuera suplantada por una doble. Ella sabe cómo escapar.

 

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Quien entendió a Salma desde el principio fue Antonio Banderas. Filmaban Desperado en 1994. La producción había contratado dos monos para hacer unas escenas que luego Robert Rodríguez decidió eliminar. Los monos serían devueltos, Salma quería comprarlos, pero eran costosos para ella, pues no era la superestrella que es hoy. Lloró todo el día. A la mañana siguiente, Antonio llegó con una caja forrada con papel dorado para ella y, adentro, los monos. En la escena de sexo y desnudos que rodaron esa tarde estuvo cómoda, el gesto de Antonio le había parecido “encantador”, dijo.

Era invierno en Europa y fue invitada a la inauguración de una exposición. ¡Qué suerte! Con ese clima podía camuflar su cuerpo bajo un abrigo de piel, un gorro, guantes, botas. Su metro cincuenta y siete de estatura podía pasar desapercibido en cualquier reunión, excepto porque era Salma Hayek. Esa noche, durante la cena, François-Henri Pinault se sentó a su lado. Ella no hablaba francés, pero sí inglés, español, italiano y portugués. En un diálogo corto, en inglés, él le dijo que detestaba el escargot de Bourgogne que habían servido. François asomó su sonrisa y sugirió que salieran a comer en otro lugar. Caminaron sintiendo el frío de una leve llovizna nocturna. Se detuvieron en un restaurante de hamburguesas frente a la Fontana di Trevi. Eligieron una mesa que estaba al final del salón. Bajo la luz de una lámpara colgante estilo Tiffany, Salma le confesó que sus pies estaban congelados. François se arrodilló, retiró sus guantes y bajó los cierres de las botas de cuero que ella tenía puestas. Descubrió sus pies perfectos. Acercó su boca hacia los pies de Salma y comenzó a soplar aire caliente. En ese momento ella, además de alcanzar un estado de excitación inimaginable, se enamoró.