La cosecha debe continuar

Por Bautista Franco

 

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Las hileras de viña dibujan simétricas el paisaje. Los cosechadores llegan temprano en la madrugada. Son unas diez personas en la camioneta, todas apretadas, aguantando los pozos que agarra la vieja Ford, que debe tener por lo menos tres décadas.

Los tachos esperan a un costado en lo que será la última jornada de cosecha de la finca. La camioneta detenida deja en evidencia el silencio campesino. Cada uno agarra un tacho y se organizan en un santiamén para tomar las hileras y comenzar la jornada. Marisa es una de las chicas que está en el grupo y, aunque pesa unos 50 kilos, levanta el tacho fácilmente.

La mayoría son de la zona, la camioneta no tiene que hacer más de 15 kilómetros para llegar a la finca con los trabajadores. En muchos casos es el mismo dueño de la finca quien los lleva y los hace levantar la cosecha.  Ahora don Eusebio hace que trabajen en sus cultivos al sur del centro sanrafaelino.

El tacho de la uva de mayor calidad se paga a unos 24 pesos en promedio. En un buen día un cosechador puede levantar hasta 40 tachos, que suman alrededor de 1.000 kilogramos, y recibe cerca de 900 pesos por la jornada de más de 12 horas. Una mala hilera puede condenarlo a no hacer más de 5 cajones. Para esta temporada, la figurita repetida es la de las malas hileras…

La temporada dura aproximadamente unos dos meses, según la época, pero acá en el Sur de Mendoza se encuentra acortada por la grave crisis hídrica. A ello se suma el bajo precio que pagan las bodegas a los productores, quienes trasladan el déficit a los obreros de la viña. Un par de meses de trabajo agobiante, de recoger lo que da la tierra.

A pesar del virus, la cosecha no se detiene. Estos trabajadores ni siquiera sabían que debían tener elementos de higiene, como había arreglado el Gobierno. Para ellos, el mundo no se detuvo nunca.

Entre las parras, Paulo,  de espalda ancha y ojos rasgados, da cuenta de sus años en el campo con las manos partidas. Él quiere ser músico y por eso, cuando al mediodía paran para comer, toca la guitarra. Marisa escucha atenta mientras saca unos sándwiches de un tupper viejo. Algunos no se detienen y comen al finalizar el día para hacer más cajones. A veces se descompone alguien por el calor de la siesta, generalmente los más viejos.

Al final del día cuentan las fichas que les dan por cajón para ver cuánto llevarán a casa, las aprietan fuerte para no perderlas mientras el sol se pone en cámara lenta y cae sobre las espaldas de hombres y mujeres que esperan mejor suerte la próxima temporada.