Coronavirus: ¿habla la naturaleza?

Por Mariano Dubin

 

Recuerdo (si no me equivoco) que nuestra palabra apocalipsis viene del latín apocalypsis, y esta del griego antiguo ἀποκάλυψις que, como se entiende en los evangelios, tiene otro significado: “revelación”. Un profeta moderno, Johnny Cash, lo canta mejor en una de sus últimas letras que escribió casi ciego y postrado: “Quien sea injusto, que siga siendo injusto / Quien justo, que lo siga siendo. / El que es inmundo, sea inmundo todavía. / Escucha las palabras ya escritas cuando el hombre ande por aquí” (“The man comes around”).

 

 

El marxismo no dejó de lado las cifras apocalípticas: “el hombre nuevo” o “la revelación del libro”. Pero, básicamente, la idea es que hay una situación en la que, como en un relámpago, el mundo muestra todos sus hilos y vemos, entonces, todas sus miserias, todas sus podredumbres. Nos permite ver lo que antes no podíamos. Ser lo que antes no podíamos.

Mao, por ejemplo, decía en sus primeros escritos que el socialismo tenía tres posibilidades de emergencia: 1) antes de las guerras para prevenirlas; 2) durante las guerras para detenerlas; 3) luego de las guerras para reconstruir el mundo. Pero Mao revisó estas tesis (si mal no recuerdo) y llegó a una conclusión más oscura: el socialismo solo será posible después de la guerra. Porque –esto lo digo yo– no solo las condiciones materiales crean las posibilidades de “ir más allá”, sino que hemos sido atravesados de una “revelación”.

Además de las revelaciones lúgubres, hay otras algo menores. Hoy, por ejemplo, encontré un Tata Dios que hace años no veía por acá. Estaba dado vuelta y se me quedó mirando él también colgado de una ramita. En un equilibrio silencioso y agresivo. Casi, como recordando un mundo que había perdido, encontré un sentimiento olvidado: anoche, en la terraza, a oscuras escuché un silencio que no me calaba desde que pasé unas temporadas en un pueblo perdido de la provincia. También un aire que descubría cada vez que me alejaba de la ciudad. La primera vez que viví en Berisso, por ejemplo, los pulmones se me llenaron de un aire mezcla de coque y petróleo refinado. Casi vomito. Luego ya podía tomar un trago de petróleo y era agua bendita.

Pero estos días he escuchado muchos pájaros que hace tiempo no veía. Muchas culturas hablan de un mito de origen reordenador luego de un gran fuego o una gran inundación. Todos conocemos el mito hebreo del Diluvio Universal y la salvación en la barca de Noé; acá más cerca, los vilelas contaron de un gran fuego que quemó todo y sobrevivieron quienes se escondieron en un pozo cavado por un hombre. Hay cambios que exigen una renovación, un límite, un fin.

¿Estamos frente a esto? Si hay algo que es el capitalismo es una mutación salvaje que ya sentimos como nuestro cuero verdadero. En un desborde lírico, en el Manifiesto Comunista se dice mejor: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales (…) Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen viejas antes de llegar a osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado…”

Anoche un amigo me envió una foto. Por la ventana de su casa le entró una enorme mariposa de noche. Hermosa y oscura. Nunca había visto algo así. “Tal vez”, me dijo, “una vez en la selva misionera”. “¿Dónde estaba ese mundo?”, me pregunta. Y sin dejarme responder, me dice: “Hay un mensaje”. Y yo me quedo pensando, como cuando el fuego arrasó la selva del Amazonas o Australia: ¿habla la naturaleza? Recordé los versos de Lorca: “Verde que te quiero verde. / Bajo la luna gitana, / las cosas la están mirando / y ella no puede mirarlas”. ¿Habla la naturaleza? ¿Nos está mirando sin que podamos mirarla?

Parecería, sin dudas, un privilegio abúlico hablar de macetas e insectos mientras el hambre crece y la vida colapsa en los pisos de los hospitales. Pero el hambre, los ríos podridos, las zanjas abiertas, las enfermedades curables –todo ese mundo que Celedonio Flores describió en “Pibes descalzos, pibas sin bombacha / chapaleando el barrial de la vedera”– es, ante todo, la evidencia de la alienación capitalista, el consumo infernal de recursos, la falta de toda racionalidad, de planificación, de orden que no sea “la incesante conmoción de todas las condiciones sociales”.

Hemos creado las fuerzas para que todos vivamos bien y, sin embargo, vivimos mal. A veces, en un relámpago, nos damos cuenta de lo evidente: un ruido en el engranaje que hace años perturba, pero seguimos andando porque se nos hacía tarde, porque no podíamos parar, porque no había por qué. Y, de repente, ahí, aparece de nuevo, otra vez, para escucharlo. Ahí está ese engranaje oxidado, sonando sin parar, inclusive ahora que nadie lo usa. Porque fue creado para eso: para no parar.