¿Y después de la cuarentena, qué?

Por Juan Vicente Pantin
Arquitecto

 

cuarentena
Richard Buckminster Fuller, domo antinuclear, Manhattan, c. 1960 / Rem Koolhaas, Countryside, The Future (exposición, Museo Guggenheim), Nueva York, 2020

Transitamos un cambio radical en las formas de vida que por ahora queremos pensar como provisional, pero que de instalarse prolongadamente, implica adaptaciones profundas de los dispositivos que contienen y regulan la vida en entornos artificiales. La casa, la calle, el barrio, la ciudad, el territorio, la región y el planeta mismo demandarían entonces otras miradas, otras formas de funcionamiento, otros dispositivos técnicos, tal como antes en la historia epidemias y desastres sanitarios obligaron a transformaciones profundas y estructurales de costumbres, objetos, hábitats, ciudades y geografías.

Mirar nuevamente hacia el pasado, revisar tales experiencias y pensar sobre la vigencia de sus resultados pudiera arrojar alguna luz sobre nuestra realidad actual, de la misma forma que hoy se discuten nuevamente la importancia de los sistemas de salud universal y la protección ambiental contra la aceleración de la economía neoliberal y la fascinación por el rendimiento. ¿Íbamos muy de prisa? ¿Habíamos sucumbido en masa a las lógicas de la acumulación y el virus nos ha despertado del monstruoso sueño de la irracionalidad postmoderna? ¿Olvidamos las nociones de universalidad, progreso, planificación y otros paradigmas de aquella modernidad racional y humanista?

Gracias al trauma de las epidemias y su trágico saldo –la peste negra, la viruela, el cólera, la gripe española, la malaria, el HIV–, la humanidad desarrolló nuevos hábitos individuales y sociales para el cuidado de la salud –como la higiene personal, el manejo de alimentos o las cuarentenas, cuyos ejemplos abundan en la historia–; impulsó aceleradamente el avance de la ciencia –con el descubrimiento de patógenos y las formas de combatirlos: vacunas, fumigaciones, hospitales y centros de investigación–; aprendió a construir mejores objetos de uso cotidiano, mejores viviendas, mejores ciudades, mejores relaciones con el territorio –como los innumerables productos y dispositivos domésticos, materiales industriales y de construcción, el urbanismo higienista con sus ordenanzas/códigos municipales, sistemas de salud, de acueductos y cloacas, recolección de basura–, gracias a los cuales una parte de la humanidad ha alcanzado niveles y expectativas de vida inéditos en la historia, cuya existencia damos por sentada como si no hubiesen costado un enorme esfuerzo para el conocimiento y la acción humana.

El coronavirus nos convoca a un extenso debate que abarca desde los hábitos, la vida individual y colectiva hasta el territorio y la globalización, bajo la nueva lógica que impone esta pandemia sobre las sociedades contemporáneas. ¿Cuál será el papel del diseño, la arquitectura y el urbanismo ante la irrupción de esta coyuntura? ¿Cuáles serán las fronteras y cuáles las posibilidades de este otro mundo posible cuya reflexión urgente nos convoca no solo a los arquitectos, sino a filósofos, economistas, intelectuales y la sociedad en pleno?

Como no hemos llegado aún al fin de la historia, no tenemos otra opción que seguir adelante, sabiendo que aún hay mucho más por hacer. Decidir si seguimos apelando al miedo para cerrar la burbuja, si enfrentamos a la naturaleza desde la arrogancia del saber/poder, si damos un paso atrás para acercarnos nuevamente a la tierra o nos hacemos a un costado para percibir el aroma del tiempo, entre tantos caminos posibles. Podemos seguir preguntándonos cómo podemos continuar la vida en este planeta, qué podemos transformar para que en el futuro sea mejor para todos y de qué forma los diseñadores, arquitectos y urbanistas podemos ser parte de este cambio.