Con gloria, viviremos

Por Mariano Dubin

 

Isao Takahata, uno de mis directores preferidos, nunca quiso definir “Las tumbas de las luciérnagas” como una película antibélica que trata, de hecho, de una pérdida total que sufre el propio escritor japonés Akiyuki Nosaka durante los bombardeos norteamericanos a Japón en la Segunda Guerra Mundial y que transforma en la obra literaria que adapta Takahata.

No sé si vieron esa película, pero nadie que mira la película no termina desgarrado: la muerte de la madre y de la hermana menor a quien cuida hasta el final frente a la indiferencia de una sociedad que mira para otro lado, y cada día el hambre va comiendo su cuerpo al ritmo de las bombas que caen acá y allá. Muchos no pueden terminar de verla. Yo, creo, no volvería a verla.

 

tumba

 

Ahora entiendo la necesidad de Takahata de no definirla como una apelación antibélica; se debe, posiblemente, a que lo más podrido de las lentas pérdidas humanas durante el bombardeo, más que explicar un “mecanismo de guerra anónimo”, explica un modo de organización humana que deja morir como ratas a sus huérfanos. Eso es el capitalismo. Es inevitable, también, lo que se viene. Y será largo si lo peor se espera para, aproximadamente, dentro de un mes. Uno no puede elegir el sufrimiento. Puede elegir cómo lo enfrentará.

Como en un bombardeo oscuro estamos acá, encerrados, esperando que estallen las primeras bombas. Aún son esquirlas lejanas de otros lugares; un poco más acá, pero aún no. Pero todo indica lo obvio: se hará difícil. Los hospitales de campaña, los médicos sin dormir, la compra y producción desesperada de insumos y tecnología competente. Las condiciones son patéticas.

Mientras cierta clase media parece vivir unas minivacaciones para seguir haciendo lo de siempre (es decir, nada), las clases populares están en la evidencia que el estado de excepción es constante, pero a veces es peor: el hacinamiento, las condiciones socioambientales de mierda, para ser literales, con ríos podridos, las zanjas llenas de dengue y la panza llena de gusanos; el pan que no alcanza para ayer y el trabajo que era poco se convierte en nada.

Otra vez, como Takahata, no nos encontramos frente a un “mecanismo de guerra anónimo” sino frente a un modo de organización humana que dejará o no morir como ratas a sus huérfanos: sus pobres, sus abuelos, sus enfermos. Nada va a impedir atravesar un pequeño infierno. Dependerá de nosotros el cómo.

No sabemos, sin embargo, aún la magnitud de los efectos; ni si las medidas del Gobierno, que han sido rápidas y claras, podrán tener un control de la situación. Sí hay un grito sagrado dentro nuestro, de todos, de todas, que nos agita cuando nos viene el bajón, la tristeza. Eso está desde el inicio. En nuestra sangre criolla e india que la pobreza le ha tirado del poncho miles de veces, y ahí está levantándose una y otra vez; está en el hambre de todos los gringos que llegaron en barcos muertos de todas las hambres de todos los que no comieron nunca.

 

comedores

 

Acá un pueblo: ese grito sagrado va a aparecer. Con gloria, viviremos. Ya lo gritan todos los que están poniendo el pecho donde más se necesita: los médicos en las salitas, las doñas bancando los comedores, todos los que hoy están comiendo un poco menos pero tienen la palabra de aliento para el otro. Necesitamos esta fuerza imparable de todo el pueblo pero también castigo a quienes no estén a la altura del riesgo que está viviendo nuestra patria. No son mecanismos anónimos, son los que siempre se cagaron en los otros argentinos. Y no lo podemos permitir, porque no queremos perder a ninguno de los nuestros.

Al gran pueblo argentino, ¡salú! Estaremos a la altura. Juremos, con gloria, vivir.