Todos vamos a morir

Bautista Franco

 

Si no de peste, será de otra cosa; por ejemplo, hambre.

Tal vez no mueran tan fácilmente las familias acomodadas o de más posibilidades, pero la pirámide social aplastará en algún momento a los que les toca.

Los gobiernos decretan cuarentenas obligatorias para disminuir el contagio, pero hay gente que dentro de sus casas no tiene nada más que hambre y miseria. Los que tienen comida en casa acusan a los que nada tienen de delincuentes y violadores de la ley, mientras hacen barbijos para la Policía.

Las clases dominantes hacen lo que quieren y mueren, en mejores condiciones pero mueren. Y están en pánico, pero no porque la muerte también se cierne sobre ellos, sino porque a ellos los asusta otra cosa: la línea roja que cae sobre sus acciones en los informes diarios.

Al inicio de la crisis, los analistas de mercado decían a Ámbito Financiero que el golpe económico no es exactamente propio del coronavirus. Según ellos, existe una previa sobrevaloración de los activos y se ha encontrado, con el virus y la caída del crudo, el momento perfecto para desatar un sell-off, es decir, una venta masiva de acciones para hacer caer los precios del mercado. Claramente ellos solo lo analizan en términos de ganancias en el mercado de valores internacional.

El problema es que nos querían –y  se querían– hacer creer que la crisis financiera de 2008, que se ha cargado ya a gran parte de la humanidad, había acabado. Lo único que hacía era acrecentarse.

Y ese vacío de ganancias generado tiene que ser resuelto. Una caída en las riquezas infladas del mundo se traduce no en miles de ricos menos ricos, sino en una carestía generalizada de la población. La caída se trasladó hacia la base de la pirámide.

Es un juego en el que ganan siempre los mismos. Desatan sobre las capas más bajas de la población una batería de munición asesina: hiperinflación, desabastecimiento, represión, extractivismo, muerte.

El plan de rescate después de la crisis del euro y, posteriormente, la crisis mundial se tradujo en un recorte generalizado en los sistemas de salud públicos, entre otras cosas. Así, los países de Europa ahora están atravesando una dolorosa transición, mientras la avaricia se lleva a la tumba a la población.

En Chile, si no mueres asesinado por las fuerzas especiales, mueres en la puerta del hospital esperando una camilla. Sus políticas de ajustes no son nuevas sino que son la continuidad histórica a las que se enfrentan desde la dictadura de Pinochet.  El virus los encuentra en un estado de rebelión y una crisis social e histórica sin precedentes. Situaciones parecidas podemos encontrar en los diferentes países de América Latina.

 

posadas

 

Hay un plan de exterminio, el problema es que no nos estábamos dando cuenta. Es asombroso que en un país como Argentina, que produce por año millones de dólares en ganancias por regalías de la extracción de recursos naturales, existan solo unos 7.000 respiradores mecánicos en actividad más o menos viejos, un promedio de 0,000175 respiradores por habitante, aproximadamente. Ahora hay una producción feroz para paliar ese problema. Hay hospitales que conocemos solo por sus conflictos sindicales producto de la falta de condiciones y salarios debajo de la línea de la pobreza. Colaboramos con el Garraham juntando tapitas.

Hace un par de años estaba en una asamblea sindical con enfermeros de un hospital “modelo”. Una lista interminable de reclamos se discutía. Sin embargo, en mi memoria quedó un secreto que me confió una enfermera de la guardia. Me dijo que ellas lavaban el material descartable de las traqueotomías porque el Estado no mandaba suficiente. Ellas tenían que elegir entre eso o dejar morir a una persona.  El Estado les quita la licencia si las descubre. Aún hoy no hay suficiente material descartable.

En una charla en la Facultad de Medicina de la UBA, un amigo hablaba a un grupo de estudiantes que cursaban en su misma carrera y les decía que su calidad profesional no se debía a la cantidad de materias estudiadas, sino a que tenían que hacer las residencias en el hospital de Clínicas o el Posadas. Que tenían que elegir, al igual que esa enfermera, entre salvar una vida apelando al ingenio y la creatividad o no salvarla. Que eso los hacía grandes profesionales, pero que las cosas no tenían por qué ser así.

La crisis se viene cargando a los de abajo desde hace tiempo. Asusta el virus más por el sistema de salud que tenemos que por su capacidad asesina; un sistema que no ha sido capaz de trazar un plan de acción contra una enfermedad endémica como lo es el dengue, que acumula más de 4.000 infectados en el país.

Todos vamos a morir por una causa o la otra: dengue, coronavirus, gripe A o hambre, como los wichis.

Al final todos vamos a morir, pero algunos más que otros tenemos que decir que vamos a ser asesinados.