“El mundo se acaba, Marianito”

Por Mariano Dubin

 

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Mi abuela Aurora me decía: “En el año dos mil el mundo se acaba nomás”. “¿Así?”, le preguntaba con ironía. “Así, Marianito, pero no de repente”. Y con un brazo que movía como castigando al aire, repetía: “Empieza el mundo a castigar: enfermedades, plagas, desastres”. “Eso está en la Biblia”. Y repetía: “Yo no sé mucho, pero eso está en la Biblia”. Pero mi abuela nunca había leído la Biblia, la que conocería por citas indirectas.

En el campo, en la zona que estoy hablando al menos, había entonces un cristianismo mestizo, mixturado con concepciones criollas e indígenas, muy extendido en curaciones y creencias varias. Una de las referencias, claro, era Pancho Sierra. El santo gaucho había enseñado a curar allá hace tiempo. Se curaba con agua, con yuyos, con palabras. Se paraba las tormentas con una cruz de sal.

Había otros santos, también, como Ceferino Namuncurá. Básicamente era un criollismo cósmico: el mundo estaba ordenado por leyes cósmicas y naturales. En nuestras vísceras vibraba la última estrella, y cada faena de campo correspondía a un ritmo secreto; todos, además, éramos un morir y un nacer: éramos un abono más de un sedimento mayor, creciente, cíclico.

Mi abuelo siempre lo decía: si sabías el ritmo de la naturaleza, sabías el ritmo del hombre (claro, lo decía en otras palabras que ya no recuerdo: más simples, más misteriosas). Por eso, cuando un médico le dijo a mi madre que yo estaba por nacer recién en una semana, al salir del consultorio le dijo: “Ese hombre sabrá mucho, pero no sabe nada de cosas de pariciones… la luna cambia y nacen los terneros: Marianito nace el domingo”. Y nací el domingo, como dictaba ese tiempo cósmico.

Sé que todo lenguaje es metafórico, aunque sea explicativo del mundo. Y el lenguaje criollo traducía en unas metáforas que ya no sabemos hablar, al menos yo. Pero algo quedaba ahí en ese sedimento de metáforas: “había un orden roto que volvería en enfermedades, plagas, desastres”. Ahora recuerdo esto, y me río de mi risa, y descubro a mi abuela con una sonrisa de “te lo dije”: “Sabrás mucho, pero no todo”. Y la recuerdo en la cocina, hirviendo algún yuyo “pa’ que limpe por dentro” y diciéndome: “Yo no sé mucho, pero el mundo se acaba, Marianito”.