El padre McCormick

Por Bautista Franco

 

Al padre McCormick le gusta la saliva. Cuando camina hasta la parroquia le gusta sentir el sabor del aire.

Todas las tardes el padre plancha su sotana. Le gusta el sabor que le deja el calor marcado a fuego sobre la lengua.

Todos los mediodías el padre McCormick almuerza, todos los mediodías algo diferente. Le gusta el sabor de la cebolla, de la carne, del vino y de la cerveza.

Todas las mañanas el Padre se levanta. Duerme desnudo, como Dios lo trajo al mundo. La panza le cuelga, no puede verse por completo. Usa el espejo todas las mañanas. El padre McCormick tiene tiempo, todas las mañanas se mira con el espejo y logra verse, y ve las marcas de la gordura, la pelada, la barba blanca y el tiempo que pasa. Todo eso ve en el espejo.

La piel se le hace blanca,  más blanca cada vez. La piel se le hace vieja, ha nadado por el largo lago de la vida. La piel está mojada. Resiste su pene flácido frente al espejo. Lo abrigan un montón de pelos viejos.

Todas las mañanas el Padre se baña y se lava bien los pelos viejos de su pubis, la piel húmeda de su pene, la panza colgante, la pelada y la barba. Todas las mañanas descubre que el tiempo pasa.

Todas las mañanas se viste con su camisa celeste, se coloca sus anteojos y sale para dar la misa. Todas las mañanas hace lo mismo, todas las mañanas se queda para hablar con las señoras sobre la palabra del Señor.

Todas las mañanas trata de encontrar a Dios en el vino.

El padre McCormick es un hombre redundante: toma vino, sangre y se come a su padre todas las mañanas.

Todas las tardes da catequesis. Al padre McCormick le gusta la catequesis, brindar la palabra a los jóvenes especiales prospectos a integrar, en su debido momento, parte de la curia. Todas las mañanas les lleva un fragmento nuevo de la Biblia para analizar. Todas las tardes les habla del señor con una pasión y una seriedad que no repite en ningún otro momento.

Todas las tardes piensa que son pocos, evidentemente porque son pocos, el tiempo y la nociva escuela no consagrada al Señor los aleja de su palabra. Llegan los niños no solo sin saber siquiera un “ave maría”, sino que tampoco les interesa y tienen todo un mundo preparado para la concupiscencia y la herejía. Hubo tiempos en los que eran más, pero todas las tardes descubre que el tiempo pasa.

Todas las tardes gusta de confesar a los fieles. Ellos le cuentan sus males y pecados y él descubre en ese momento lo mundano del mundo del Señor.

A la noche le gusta comer sin carne, con vino y en bermudas. La casa es caliente: le gusta la temperatura.

El padre McCormick piensa en el sermón de mañana, en los libros vacíos, piensa que la palabra está en la Biblia, la única que los va a salvar; todo el resto, pura invención del Diablo. El padre McCormick piensa en el sermón y en la ropa que se va a poner mañana y en la comida.

Todas las noches antes de dormir piensa en las confesiones, en lo mundano y en lo divino. Todas las noches antes de dormir piensa en María, que le ayuda a limpiar. Ella es una feligresa muy humilde, joven, que gusta de la palabra del Señor y se confiesa siempre antes de irse a dormir. Todas las noches la recuerda y se duerme y piensa, en sueños, en la gracia del Señor.

Todas las mañanas María recuerda dónde está. Tiene cuidado de no hacer ruido, levantarse e irse como si no hubiese estado.

Todas las mañanas María se levanta y se va a casa. Todas las mañanas desayuna té, limpia su casa y va a misa. Le gusta la misa.

Al mediodía va a la casa del padre McCormick a hacerle la comida, todos los mediodías algo diferente. Al padre McCormick le gusta el sabor de la cebolla, la carne y el vino. Todos los mediodías almuerza con el padre McCormick, luego lava los platos.

Todas las tardes María limpia la casa del padre McCormick. El padre McCormick plancha su investidura sagrada.

María está gordita, según el padre McCormick.  María piensa que no es cierto, pero si lo está es por culpa de él.

Todas las noches María espera al padre McCormick. Al padre McCormick le gusta que lo esperen, le recuerda a su infancia.

Todas las noches comen sin carne. María se encarga de preparar todo en silencio, como si no estuviera en casa, mientras el Padre la mira.  A veces se para a su lado y la ayuda, pero son las menos.

Todas las noches María se confiesa, no son grandes pecados pero son largos de contar. Todas las noches el Padre la escucha. Todas las noches sus pecados son perdonados.

Todas las noches, de rodillas, María recibe su paga divina. Se le atora en la garganta, saborea y traga.

–Está gorda, María.

–Es por tanto tragar leche –ríe María y sigue.

El padre McCormick disfruta de cuando María usa su saliva. Al padre McCormick le gusta la saliva.

María, cuando camina hacia la parroquia, siente el sabor del aire.