Mi encuentro con “la mujer de blanco” de Valle Grande

Por Sanrafaelindio

 

tunelvalle

 

Hoy jueves recién puedo hablar de esto. Aún me duele el pecho, mis piernas y mi vida. En la tarde de ayer logré, aún no sé cómo, llegar de Valle Grande. Hoy, saliendo de mi turno del trabajo, me animo a contarlo, no sin antes volver a llorar de la angustia.

Comienzo la semana entre noticias y chismes de la mujer de blanco de Valle Grande; leo relatos de personas que siguieron el hilo; noto que muchas de ellas tienen tintes de verdadero, mientras que en otras sobresale el sarcasmo y la ironía de historias inventadas en el momento.

La noticia logró, ya que me encanta el terreno de lo paranormal, que hiciera memoria, y entre archivos llenos de telarañas recordé que una vez fuimos a El Nihuil con una pareja amiga y que de regreso tomamos el camino del Cañón del Atuel para disfrutar de los paisajes. En el trayecto, una tormenta nos obligó a refugiarnos en un túnel. Ya estaba cayendo el sol. Al llegar a la zona del mirador, ya cerca del dique Valle Grande, los cuatro ocupantes del auto vimos una fogata con gente reunida alrededor –hasta allí todo coherente–, pero lo “apenas” extraño es que todo eso ocurría en pleno precipicio, en el aire…

Con el tiempo eso quedó en una simple anécdota. Sin más, y con el tema dando vueltas en mi cabeza, al mejor estilo “Cazafantasmas”, serie de dibujos de la cual fui fanático en mi niñez, fue que decidí ir a pasar la noche en carpa al Club de Pescadores del Valle, lugar donde –dicen– se avista a la mujer de blanco. En realidad me fui a acampar para despejarme del trabajo, aprovechando que tenía libre el día miércoles.

Todo concurría normal, cené algo de la proveeduría, donde escuchaba, a los lejos, que en tono burlesco hablaban de la versión fantasmal. Tomé un par de latas de cerveza y salí a caminar por la tranquilidad del camping. Ya pasadas las 2 de la mañana volví a la carpa y decidí acostarme.

Creo que dormí unos 30 minutos, pues la brisa se convirtió en viento y este, sumado al ruido del río, me despertaron. Fui al baño y cuando estaba lavando mis manos escuché a alguien que me llamó por mi nombre amigablemente. “¡Ya  salgo!”, contesté,  pensando que quizás era alguno de los chicos que me había encontrado horas antes en la pileta y con los que luego jugué al fútbol, porteños creo que eran. Al salir no vi a nadie, igual no le di mucha importancia.

El viento de a momentos se convertía en susurros que cualquier persona solitaria con un poco de miedo podía sentirlos aterradores. La noche, sin luna, mostraba un paisaje único de estrellas brillando en su máximo esplendor. Abrí nuevamente la reposera y me puse a observarlas mientras continuaba con la degustación de latas de cerveza.

Al cabo de un rato decidí, ya que estaba sin sueño, buscar un lugar mejor para mirar los astros. Entonces me subí al auto y emprendí la marcha hacia el paredón, donde supuse que la vista estaría menos contaminada por los árboles. El fantasma de la mujer ya no rondaba en mi cabeza, mi único deseo era mirar las estrellas para lograr matar el insomnio.

Pasé la Virgen –no se veía a nadie–, la curva de la herradura, Rocas Amarillas, y todos dormían. Parecía el único ser vivo en la Tierra, bromeaba en mi mente.

De repente una luz blanca en medio de la ruta terminó con la juerga en mi cabeza. Una luz pura, enorme, en el medio de la nada, en el medio de mi camino. Primero se movía de arriba abajo reiteradas veces, y creo que cada vez más rápido, como siguiendo un patrón. Yo me acercaba a ella como cegado, como un insecto.

Aminoré la marcha y el patrón cambió: esta vez se movía más lento y de un lado a otro, como acentuando mi derecha, invitándome a pasar por allí.

Al acercarme un poco más, sin saber qué hacer o de qué se trataba esa luz, observé en ella una figura o silueta humanoide. La luz salía de su mano derecha y yo me detuve, entregado al destino.

El control arrojó 0,87 gramos de alcohol en sangre, la multa fue de más de 50 lucas, se llevaron mi carnet y mi golcito. Caminé casi 40 kilómetros, pero lo que más me duele y angustia es mi bolsillo.