RAE vs lenguaje inclusivo

Por Mariano Lázaro

 

En el contexto social actual, en cuanto a lenguaje se refiere, nos encontramos ante una lucha entre la RAE y sus defensores por una parte; y los usuarios del lenguaje inclusivo por otra. Quienes niegan el hecho de que la RAE tiene un posicionamiento ideológico, niegan una postura fácilmente reconocible en nuestro idioma, una discriminación implícita, que va más allá del uso de artículos masculinos para referirse a grupos que incluyen desde mujeres a personas de género no binario. El argumento principal en contra del lenguaje inclusivo suele centrarse en los siglos que llevamos utilizando la lengua española, sin que su uso dejase a sectores excluidos, o provocase malestar a generaciones anteriores a la nuestra. Entonces, ¿para qué cambiar? Quizás, dentro de esta incógnita, pueda deducirse la respuesta: porque los tiempos cambian, y la sociedad y sus necesidades lo hacen también.

Pensar al lenguaje inclusivo como una ofensa a nuestra cultura puede convertirse en un arma de doble filo, y volverse fácilmente contra la mano de quienes pretenden mantener a la cultura  bajo una cúpula de cristal. La lengua es algo vivo, que se crea y recrea a través de los hablantes. Una lengua que se estanca en la rigidez de sus normas y reposa en un polvoriento libro en la estantería se vuelve obsoleta, sin más quehacer que dedicarse a morir. Quienes defienden la Real Academia Española a capa y espada, como si fueran la única línea de escudos que protege el último bastión de decencia que queda, están ciegos a los mecanismos de un proceso natural en que la lengua y la cultura de una sociedad se vuelven más saludables.

Hay muchas teorías que fundamentan los cambios en el idioma como un hecho natural. Y aún más, como un hecho que le permite seguir evolucionando y perviviendo. Tenemos desde el Principio de economía del lenguaje de André Martinet, las primeras concientizaciones acerca del uso del lenguaje sexista en los trabajos de la lingüista Robin Kajoff (como parte de una serie de cambios que acompañaron la segunda ola del feminismo), hasta la “sociedad en tránsito” planteada por Freire, la cual expresa un contrapunto entre dos generaciones de una misma sociedad, del cual se produce una fricción que puede o no cambiar la sociedad en que transcurre. Pero mucho más importante que los ejemplos anteriores, tenemos el ejemplo viviente de nuestra propia identidad latinoamericana. Nuestros usos y costumbres de la lengua, la manera en que la hemos integrado y transformado con manos de orfebre, nos descubren una nueva serie de preguntas que quizás deberíamos realizarnos: ¿Por qué cerrarnos al cambio? ¿Por qué cerrar la puerta a un nuevo uso del lenguaje que otorga voz a una gran variedad de sectores sociales excluidos? Si se respetase la RAE a rajatabla, deberíamos dejar la hipocresía de aceptar americanismos y palabras que no tienen traducción directa en nuestra lengua, u olvidar el uso de tantos localismos que dan vida al habla cotidiana. Debemos preguntarnos, ¿nuestra lengua realmente debe ser regulada por una entidad ajena a nuestra realidad cultural?

No puede ignorarse que el debate por el lenguaje inclusivo ha calado profundamente en lo social y lo político. Tenemos el ejemplo del anuncio realizado por la ministra de Género de la provincia de Buenos Aires, Estela Díaz, quien trabaja en la elaboración de una guía de lenguaje inclusivo para la administración pública. Tampoco podemos dejar de lado las universidades y terciarios en que ya se permite implementar el uso del lenguaje inclusivo en todo tipo de trabajos, como son los casos de la Universidad Nacional de Rosario o la Facultad de Sociales de la UBA, entre otras. El lenguaje inclusivo le da voz a toda una época, a toda una sociedad en proceso de cambio. No se busca imponer su uso ni convertirlo en una normativa, pero sí que se permita a sus usuarios utilizarlo libremente. Que el mismo sistema educativo persista en prohibir su uso priva al lenguaje de su esencia. Tampoco ayuda que la ciudadanía reniegue de él sin conocerlo. Es hora de perder el miedo a los cambios y permitirnos, de una vez por todas, cambiar nosotres también.