Lezaher’s: “El viejo de la barba”

Por Carlos Atahualpa Sáez

 

Corrían los años setenta y a media cuadra de mi casa existía otro mundo.

El lugar era atendido por su propio dueño y era un hueco en el espacio banal de la Moreno: una covacha donde habitaban seres maravillosos que olían a tinta.

El dueño se llamaba Leopoldo Zavala Hermoso, pero nadie lo conocía por ese nombre. Tal vez él se había encargado de que eso sucediera; tal vez, mediante un pase misterioso había borrado su nombre sagrado. La gente y sus clientes lo conocían como “El viejo de la barba” o, “Don Zavala” o “Don Lezaher’s”. Este último mote ya nos da una idea un poco más clara del personaje.

Lezaher’s decía el cartel tipo carpita que el viejo sacaba y guardaba cuatro veces al día. Era el nombre la librería y papelería y estaba formado por las primeras sílabas del nombre del caballero. Sonaba exótico, pero se trataba de un simple truco que cualquier hijo de vecina podía realizar. De hecho, a dos cuadras, existía el autoservicio “LopMan”. Debiera reconocerse que, a principios de los ’70, estos López Manzano eran unos adelantados en la manera de vender sus mercancías en el pueblo pero, a la hora de colocar el nombre a su negocio, eran gente a oscuras.

Don Zavala, de tan oscuro que pretendía ser, se me fue aclarando con los años.  Era morocho, petiso, relleno, de cráneo afeitado y barba blanca hasta el pecho. Tenía ojos saltones y olía de forma bituminosa, como huelen los que no se bañan, pero tampoco transpiran: como deben de oler los solitarios. Aunque era sordo y se apantallaba una oreja para entender lo que le decían, creo que cantaba en algún coro, merced a una voz cavernosa que intercalaba con un siseo que parecía salirle de los dientes. Cuando yo lo conocí, usaba siempre un traje azul lleno de lustrín. Si los fríos eran extremos se calzaba un sobretodo color cuis. Cuando ardía la canícula vestía una camisa blanca con tiradores. Dicen que había sido ferroviario, pero no se veía hombre de herramientas tomar.

El negocio era pequeño y, al parecer, infinito. Después de cruzar una suerte de jardín abandonado, uno llegaba a la puerta, bajaba un escalón y entraba a un recinto de tres por tres. Pasaban un par de minutos hasta que la vista se acostumbraba a la penumbra. De a poco, uno iba descubriendo que las paredes, los anaqueles, las vitrinas, el piso y el mundo estaban llenos de libros. Pilas y pilas de libros con estrechos pasillos por donde uno no circulaba, sino que se acomodaba. Detrás del negocio, el viejo tenía su casa. A veces salía con una taza de té en una mano y varios libros en la otra. Aunque nunca entré a la misma, se podía inferir que toda la casa estaba infestada de libros. Había de todo: Mme. Blavastky, el libro de Geografía que nos exigía la Lorenzoni, el Agüita Clara para tercer grado, la colección Todo es Historia, diccionarios y libros en inglés y en francés, números atrasados de la fantástica El Correo de la Unesco, Borges y Chico Carlo: de todo; y lo que no estaba, se pedía y llegaba a los pocos días. Entre los libros, con unas gafas inestablemente montadas en la nariz, don Zavala nos atendía. Yo era un niño tímido, de escasos recursos y de voraz curiosidad literaria. Con la excusa de comprar un mapa o una goma de borrar, iniciaba charlas improductivas con el viejo. Yo creía en la revolución, él en la transmigración; yo en la política, él en la teosofía; yo en los desbordes, él era célibe. Los dos teníamos la verdad y ninguno la tenía. Yo era un niño adolescente y él era viejo mucho antes de esa edad. Los dos estábamos bastante solos.

 

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Mientras don Zavala se abstraía en especulaciones sobre el poder de los chamanes hindúes o las profecías escritas en sánscrito, yo hojeaba libros, revistas, comics. El viejo, aunque fatuo, no era tonto. Siempre trataba de venderme algo. Es decir, de convencerme que yo necesitaba convencer a mis padres sobre lo imprescindible de alguna adquisición. Claro que él pretendía venderme a Lobsang Rampa y yo estaba interesado en Dostoievski o en Françoise Sagan. No sé como se llama esto en economía, pero la ley de la oferta y la demanda andaba medio estrábica entre nosotros.

En su espelunca, don Zavala tenía, al parecer, la mayor existencia de partituras musicales del pueblo. La música, la Música digamos con propiedad, por esas épocas, no incluía el rock. Con suerte y gusto algo más popular, se podían conseguir obras de Waldo de los Ríos o de don Ariel Ramírez. La Música escrita era para gente parecida a la que se dedica a las matemáticas: Señoras con tapados de cuadrille y pelos con tocas inverosímiles, jóvenes con pinta de testigos de Jehová, niñas perdidas de zoquetes blancos. El viejo los atendía y les recomendaba partituras como quien cuenta con una finísima carta de empanadas espirituales. Esas visitas, interrumpían nuestras conversaciones y me daban oportunidad de chusmear, de vivir la fascinación en modo papel impreso, de imaginar derroteros por mapas plagados de aventuras, de enamorarme de seres etéreos.

Cerca del fin de mi secundaria, don Zavala se jubiló. Por primera vez lo vi animoso, atareado. Había juntado dinero durante toda su vida para irse a conocer la India. Y se fue. Y se bañó en el Ganges mágico donde la gente vuelve a bañarse en distintas vidas. Probablemente conoció a algún santón, lo acollararon con flores y se regaló comidas abundantes en especias y en curry.

Poco puedo especular sobre ese viaje y mucho menos comentar. Cuando él volvió de la India, un poco más viejo y siempre sólo, sus ojos guardaban todavía imágenes exóticas que sus labios jamás pudieron describir. Yo ya estaba de novio y me estaba yendo hacia donde hoy me encuentro. Casi no pude oír su voz relatando su experiencia. Sólo sé que poco tiempo después envejeció de repente. Preso de la sordera y de haber palpado el imposible sentido de su vida, vendió todo y desapareció para siempre. La casa fue reformada y allí vivió o vive una familia como las otras.

Fue maravilloso conocer ese lugar oscuro y lleno de misterio, esa librería en el barrio; con una persona tan por fuera de estas series que hoy son tan comúnmente moldeadas por los medios y el mundo del consumo. Mi educación fue más completa, mi vida fue mejor, merced a (o a pesar de) este sujeto. Ahora el mundo se ha aproximado y se ha hecho mucho más ajeno: La diferencia suele dejarnos indiferentes.

La compra más grande que realicé en Lezaher’s fue una colección discontinua de Misterix de los años 50, que el viejo, se nota que en plan de limpieza, había sacado a la venta. Aunque había algunos repetidos y otros incompletos, el precio era tan irrisorio que, hasta un servidor, pobre como una laucha, podía comprarlos. Creo que ahí aprendí que para realizar un negocio es preciosa la oportunidad. Yo estaba ahí el día en que el viejo decidió vender esa mercadería. Esa mercadería, aunque defectuosa, era para mí. Pasé semanas amparado bajo esos personajes, descubriendo la vida en pulcros cuadraditos emborronados con tinta china.  La tinta, eso es…la tinta.

Para mí, el despliegue del olor a tinta al abrir un libro nuevo, esas mariposas negras e invisibles que llenan el aire, siempre me recordará esa librería a media cuadra de mi casa. Donde había otro mundo en este mismo.

 

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