A dos años… Las lloronas de Liliana Bodoc

Por Carolina Elwart

 

La muerte es un hecho que a veces disfraza las cosas. A veces una muerte es una máscara de una vida hueca y sin sentido. Otras muertes vienen sin máscara, son la verdad sin tapujos; esa que te deja boquiabierta, que no tiene más emoción que el silencio y la soledad.

Leer nos brinda la posibilidad de llorar, reír, ensombrecer el día más brillante… La ficción nos miente y nos gusta. Cuando leemos, el pacto es tan profundo para algunas de nosotras que somos capaces de dejar de comer un día, dejar asomar una lágrima en un momento en que la tristeza se siente incómoda ante la risa de los que nos rodean. Leer es un acto en soledad. Por más que leamos en voz alta y el público sea inmenso, la sensación corporal es propia, las relaciones son únicas y, lo peor de todo, totalmente intransferibles. No podemos pasar el libro que leímos, con la emoción, las pesadillas y las carcajadas, a quien se lo recomendamos. Esa persona tendrá que atravesarlo como un umbral. A veces la música de precisión de los elfos no suena y lo dejarán sin leer.

Si esa sensación que amamos y que nos lleva a dejar de dormir, comer y leer otras cosas por leer el libro que nos tiene atrapadas no se la podemos mostrar con radiografías a nadie, ¿cómo le contamos a alguien la enorme tristeza de perder a nuestra querida Liliana?

Decirlo era lo más sencillo del mundo. A la pregunta que venía a nuestra mirada ausente, nuestra tristeza muda, la respuesta era: “Se murió una escritora que me gustaba mucho”. Qué vacías esas palabras. Una escritora es un oficio que no la podía describir en su inmensidad de persona. No solo había inventado decenas de cuentos y novelas que nos habían entretenido; el mundo de los “Confines” nos había hecho conmover en todo lo que latinoamericanas habíamos sentipensado, como decía Galeano.

Nosotras éramos lectoras apasionadas de una literatura latinoamericana atravesada por todo: la conquista, el patriarcado y, de pronto, andábamos entre historias de mujeres y hombres de un mundo de fantasía que venía a hacer sentipensar otra historia, aunque la verdadera ya tenía su versión oficial, la creación poética nos había dado una revancha.

De ahí saltamos a todo lo que dijera Bodoc en la tapa de un libro, en un video, en un diario o nota. Nos hicimos fanes, y me permito el plural femenino, porque no puedo pensar esto como una experiencia individual. Leímos, nos emocionamos, nos contamos lo que sentimos, nos recomendamos más, nos abrimos el prejuicio de que leíamos hombres porque escribían mejor.

Contar la tristeza era una de sus armas más certeras, ponía la espina y ahí estábamos sangrando y sintiendo por una herida de mentira, pero tan bien escrita que solo se podía citar con comillas, como una poesía. Y de repente todo eso que había escrito nos empezó a hablar de nuevo. Con la noticia de su muerte nos fuimos a buscarla, desesperadas como niñas a la leche materna, y allí estaba diciéndonos que la muerte era parte de la vida.

Ven, Wilkilén, siéntate a mi lado… Voy a contarte de una que a partir de esta noche será mi hermana y compañera eterna. No te asustes cuando escuches su nombre ni la culpes por hacer lo necesario. ¿Conoces a alguien a quien le agrade comer manzanas que pendan años y años de los árboles? Tampoco lo conozco yo. Y, dime, ¿cómo nacerían manzanas nuevas si las que ya cumplieron con lo suyo no dejaran sitio en las ramas? ¿Quién le enseñaría a quién? La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían al cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella no existirían el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz —Vieja Kush

Ahí estaba, la encontrábamos y aún así la tristeza había decidido acomodarse en nuestros días. Al dolor de no poder explicarle a nadie, la sensación de orfandad en la que quedábamos, sobrevenía la vergüenza. ¿Qué tristeza u orfandad podríamos sentir nosotras si era una muerta ajena? ¿Qué derecho teníamos, unas simples lectoras, unas conocidas fanes, pero no únicas? Nos angustiaba pensarnos en la piel de su hijo y su hija, parecía que la muerte tenía dueño y que llorar a una que no fuera de las nuestras nos convertía en “lloronas”.

Las lloronas que llevaban más años en el oficio eran amigas de largos lamentos y gritos desgarradores que acompañaban, a veces, con sacudidas de hombros. Un coro desafinado y escandaloso les parecía lo más adecuado para lamentar una pérdida. Había otras, en cambio, que presumían de una mayor discreción. Se trataba de un quejido monocorde y agudo que podían sostener durante horas. Los deudos, y no el muerto, eran quienes escogían entre unas y otras

Así de trágico era, ni la tristeza nos pertenecía, no teníamos nada y eso nos hacía aún más huérfanas y hermanas en un dolor que nadie entendía. La tragedia sirve para purificarnos, por eso nació allá en la Grecia Antigua, pero cuando el dolor no se sabe cómo sacarlo, a veces se nos encaja tan fuerte que lo hacemos coraza, escudo y espada. No sabíamos cómo sobrellevar ese dolor, que no era nuestro, que no era de ficción, ese dolor real pero imposible de comunicar.

Y allí donde nos habíamos quedado mudas y secas de unas lágrimas que no estábamos dispuestas a largar así como así, nos reunimos y leímos. Mientras cada una pasaba esa hoja, por el rabillo de los ojos nos encontrábamos. Era verdad, ya no estábamos tan solas, ya no podíamos negarlos, no era la madre que nos había parido, era otra Madre, la de los confines, la del lenguaje, la palabra y el barro, la de la caricia justa puesta en un libro, la que nos dejaba espinas en los párrafos para que no se olvidara que este mundo es una mierda, pero hay que cambiarlo, a fuerza de amor, de ficción, de lectura y de no olvidarse de los nadies.

Quiero ser escritora. Pero ya me di cuenta de que no puedo sacarme las palabras que tengo adentro, como me saqué el vermú del estómago. Con las palabras de la villa solamente se pueden escribir cumbias. ¡Nunca vas a escribir un libro!

¿Viste, Elisa? ¿Viste que se puede leer y escribir cumbia?

 

liliana carolina