CINE Y TV | “Ad Vitam”: ¿inmortales o muertos en vida?

Por Carolina Elwart

 

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Perder el tiempo es una gran mentira, ni el tiempo nos pertenece. Pero bueno, simulemos que sí y propongamos qué hacer cuando las ocupaciones que nos dan de comer y pagan las facturas nos dan un respiro. 

Soy de las personas que lee como pulpo, dejo libros, series sin terminar, me dejo absorber por otras y dejo de vivir la vida rutinaria por una suspensión de la plusvalía. Podría encarar esta columna con alegatos de “vieja de lengua”: que la ortografía, que el conocimiento del mundo, que leer te hace mejor persona, pero quiero saltar los charcos e ir al meollo con una idea para nada original, ni mía. Intentamos distraernos de todo, pero sobre todo de saber que nos estamos muriendo.

Y es esa idea la que me dejó sin dormir y sin hacer los deberes cotidianos con la serie “Ad vitam”, en la plataforma de Netflix. Tiene su primera temporada, aún no se confirma su segunda y puede ser que no se dé (suelo adherirme más a los fracasos). Una serie francesa que propone un mundo distópico en el que se ha “curado” el envejecimiento. El mundo adulto vive tranquilamente la juventud eterna mientras que la ¿verdadera? juventud busca maneras de rebelarse, aún empleando métodos drásticos. No hay viejos, las personas adultas lucen como jóvenes. ¿Entonces a quién nos contradecimos? 

Lo recomendable de la serie tiene que ver con todos los interrogantes que nos plantea acerca de la convivencia intergeneracional. No hemos escuchado otra cosa desde la infancia que la crítica de la adolescencia, nunca están a la altura de ninguna generación adulta, sin embargo, ninguna generación adulta está dispuesta a mirarse, a repreguntarse y a reconectarse con lo que vivió en la adolescencia. 

Los seis capítulos están armados desde un modo policial en el que una investigación debe desarrollarse, las marcas de vivir en ese mundo distópico definen a los protagonistas: un policía de 120 años a punto de retirarse y una joven “sobreviviente” de uno de los últimos suicidios en masa de adolescentes. Las ausencias irremplazables en sus vidas los definen, las reglas del mundo se tuercen a medida que el poder, el dinero y la idea de vivir “para siempre” ganan.

La preocupación de la muerte ha quedado atrás, ¿con ella se irán todos nuestros miedos? La ciencia ficción nos tira hacia un punto descentrado, no sabemos qué ejes lo articulan pero nos sirve para trazar nuevas tensiones a nuestro mundo. Cada capítulo nos tira hilos para enredarnos en varios cuestionamientos, viejos como la humanidad pero dignos de seguirnos preguntando.

Inicié la columna diciendo que perdemos el tiempo para distraernos de la idea de muerte: ¿qué sería de nosotros si sabemos que contamos con un tiempo infinito para vivir? Borges en su cuento “El inmortal” imagina ese lugar, una ciudad en la que sus habitantes, hombres inmortales, han olvidado todo. “Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”, concluye el protagonista del cuento.

La serie me duró solo dos días, pero aún me detengo a pensar, en vano, claramente, qué expectativas nos quedan en este camino de humanidad, el famoso progreso llegó, llega y llegará en manos de intereses siempre regidos por aquellos que ni siquiera hemos designado para ello.