Monte Comán: una casita cualquiera y algunas preguntas        

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

montecoman

¿Qué tamaño tenían las manos de los albañiles que sostuvieron los ladrillos gigantes que construyeron las paredes de las casas, de los depósitos del tren, de la oficina de telégrafos?

¿Cuál era el color original de las chapas que cubren las paredes de las casas de los ferroviarios?

Una señora cuestiona lo que hacemos sin saber bien qué es lo que estamos haciendo, Edgardo contesta, la señora desaparece. Un momento después un niño, casi bebé, camina por el patio, la señora lo agarra del cuello de la campera y lo balancea en el aire para meterlo.

Las nubes tapan el sol, ellos intentan imaginarlo para dibujar, el niño vuelve a salir, juega cerca de la casilla de chapa, un perro flaco y negro lo mira, sobre ellos la ropa del alambre cuelga cabeza abajo pero sin cabeza.

Los perros que ladran parecen de la misma raza.

Sobre la pendiente más pronunciada del techo, casi en el vértice del triángulo que divide las aguas, un pequeño tanque, apenas quinientos litros. Nadie sabe si alcanza para saciar la sed de los moradores.

La ampliación de ladrillos exhibe un cartel sobre el dintel de la ventana.

 “KIOSCO”

Un chico pasa al galope por la calle de tierra, una camioneta también.

¿Dónde trabajan los ferroviarios, dónde se aman, dónde comen, ahora que el tren es un recuerdo?

Por los bulevares, gran invento militar y urbano, ¿qué ejército desfilará para dividir qué protesta desde que el tren, el teatro y el pueblo han descarrilado?