CALLE LITERATURA | La caída, de Cristian Salinas

Por Carolina Elwart

Cristian Salinas Garrido tiene 24 años, nació y vive en San Rafael. Escribe porque siente la necesidad de involucrarse en algún arte para desarrollar la creatividad. Luego de “varios intentos fallidos en diferentes cosas, encontré a la escritura y me di cuenta que, a diferencia de las otras actividades, en esta no daba tanto asco”, nos dice. Su estilo está arraigado en su personalidad: humor ácido, palabras en desuso y una fuerte necesidad de entender el mundo para poder decirle que no tiene ganas de él. Un gran lector de literatura fantástica, todo lo que imagina tiene la extensión de una novela; sin embargo, lo convencimos para que nos comparta un cuento suyo 

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La caída

Cristian Salinas

¡Vaya que los sueños son efímeros! No, no creo que esa sea la manera de comenzar con esta confesión. Quizá ninguna jamás lo sea. Eso no es algo que importe ya, no a mí. Me queda poco tiempo, lo escucho acercarse.

Desdichado de mí, que he esperado hasta mis últimos momentos para observar la belleza que inundaba mi reino a tan solo pasos del frío trono donde una vez ostenté poder. Las últimas gotas del rojizo reflejo del sol se ahogan en nubarrones tormentosos grises y azulados, que se ciñen sobre la lúgubre sombra agonizante de mi castillo. Despiadada metáfora irónica me regala el firmamento, mirándome con desdén en sus ojos color ocaso, burlándose de mi derrota. La tormenta que se aproxima en los cielos también se aproxima en la tierra. Mi reino, una vez próspero, perece bajo el manto azul abismal del océano, que busca venganza con la pasión de un enamorado cuya esposa ha sido hurtada.

Desdichado de mí, que por anhelar una cosa, he perdido todas las otras. En mi egoísmo cegador quedé preso y por mi pecado han perecido todos mis conocidos, mi familia y mi pueblo, castigados por mi capricho. Solo quedo yo en este último pedazo de tierra flagelada por el abrazo blanquecino del invierno, el verdadero culpable siendo el último en ser penado. La vergüenza se hace insoportable, porque sobreviví a aquellos inocentes y tengo este momento para decir mis últimas palabras, mi egoísmo incluso les arrebató de sus bocas el final adiós. Necio es el hombre que hasta que no ha perdido todo, hasta que está en sus últimos respiros, no ve el valor y la belleza en las cosas que lo rodean. Mirando el cielo, no vi mi tierra. Anhelando unas míseras gotas de sangre azul, generé ríos de sangre roja.

Nací en el seno de una gran familia, destinada al poder y la gloria. Siempre tuve todo lo que quise, mi sangre lo dictaba así, mi sangre real, poderosa y pura, azul por haber sido tocada por la riqueza de la plata o eso me dijeron siempre. Vil engaño porque en mis venas corría el mismo rojo que en todas, porque al pasar el cuchillo por el entramado azulado que recorría mi piel de mármol brotó la verdad. Ya nada tuvo sentido para mí. ¿Qué me diferenciaba de un miserable campesino si nuestra sangre era la misma? ¿Qué pasaría si el campesino se enteraba de esto? No debía suceder. Busqué en todos lados por una respuesta, hice traer alquimistas de todos lados del mundo,  matándolos cuando no encontraban una, matándolos cuando me daban una, solo para mantener mi inconveniente secreto. Encontré reliquias de poder, besé seres de gran magia, hice tratos con bestias abisales, bebí plata líquida, pero mis venas seguían portando el delator carmesí.

Desdichado de mí desde el día en que escuché el consejo de esa bruja. “Busca a la Luna y su corazón de plata pura, cómelo y tu sangre se volverá azul como los mares, más celeste que el cielo, los zafiros palidecerán en comparación contigo.” Mi más grande error fue escucharla. Envié a mis ejércitos a una muerte segura, sacrificados en una guerra contra el cielo y robé así la Luna. Esa misma noche en la que creí haber ganado, arranqué su corazón y lo comí.

Desdichado de mí, porque la bruja tenía razón, mi sangre se tornó azul, el azul más profundo y vivo que nadie haya visto jamás. Pero la bruja no me advirtió que el océano amaba a la Luna y que buscaría venganza por su muerte. Con furia arremetió contra mi reino y destruyó todo a su paso, llenándome de miseria, buscando que sufriera mientras veía morir a todos los que amaba.

Desdichado de mí, que llevado por la vanidad quise ver mi sangre azul para ser diferente de verdad y poder ser más que cualquier otro. Busqué sangre acorde a mi realeza, pero ahora no tengo reino que gobernar ni nadie sobre quien reinar. Solo sangre azul y nada más, yo y mis sueños plateados quedamos en medio de la gran soledad de un mar creciente.

Ha llegado el momento, porto el cadáver de la Luna hacia su amante, el océano. Mientras camino a la que será mi tumba azul marina, cargo mi crimen y el cadáver de mis sueños sobre mis hombros. Así como viví movido por un capricho, mi muerte llega en una gran ironía. Porque en vida temí que mi roja sangre se mezclara con la de todos, y ahora, cuando muera, mi sangre azul se mezclará con el azul del mar.