GÉNERO | Km 0

Por Juana Verónica

 

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Transitando por los diversos caminos a los que me condujo la vida, tuve la suerte de hallar personas que me mostraron el valor de “ser”. Personas. Sin rótulo alguno que designe arbitrariamente un género, un sexo, una identificación cualquiera. Estas personas fueron mis grandes modelos de amor incondicional, fortaleza, altruismo, y me ayudaron a valorar el “sentir”, por encima del “pensar”, y sobre todo del “ser”, por encima del “parecer”. Digo “tuve suerte” porque fueron quienes me abrieron paso en la oscuridad de un mundo lleno de senderos rígidos y fríos, de moldes prefijados y doctrinas que buscan anular lo que sentimos “ser”.

Pero no todos corren con esa suerte. 

El mundo está lleno de closets porque está lleno de dedos que señalan. Sin distinción de edad, quienes no encajamos en los casilleros sociales, tenemos que enfrentar los demonios y estigmas con que los demás nos cargan. Hay jóvenes que pronto enfrentan a estos monstruos, y pronto trascienden el juicio social. Pero hay quienes siguen sufriendo las condenas, la violencia, y nunca hallan paz. Otros, quizás, tarde encuentran el coraje. O nunca, y viven en la peor de las condenas: el silencio y la negación.

Y luego existen los que prenden las farolas. Los que transformaron las espinas de su camino en plumas, espadas y palabras, y salieron al mundo a iluminarnos a todos.

Hace poco me encontré con un relato de uno de ellos:

“Cuando tenía unos 14 años, fuimos con mi abuela a una velada en Raleigh. Mientras esperábamos para entrar, había una mujer delante de nosotros que desparramaba femineidad. Toda vestida de rosa, perfumada, maquillada, con tacones de aguja, movimientos delicados… Mi abuela se volteó y con la sonrisa pícara en su rostro me dijo: – Una mujer que es -todo mujer- o un hombre que es -todo hombre-, es un monstruo absoluto no apto para la compañía humana.- 

Y esa se convirtió en mi regla para escribir personajes. Somos una mezcla de esas cosas. Trato de hallar la parte de nosotros que no sea negra o blanca, masculina o femenina, o cualquiera de esas cosas, si no la parte humana, la parte que sale del corazón”. (1)

Toda estructura supone un límite a nuestras posibilidades. Rebelarse a ellas es darnos la posibilidad de crearnos y diversificarnos en tantas variables como caminos queramos tomar. 

La propuesta es volver al Km 0. Antes de los moldes. A ese momento de limbo en que no somos más que un abismo de posibilidades. En que somos sólo esa persona humana con corazón. Y desde ahí repensarnos. Reconstruirnos para “ser” desde nuestra esencia más pura, que nos permita empatizar con el otro. Que nos ayude a conectar de tal manera que podamos definir nuestra unicidad gracias al reflejo que el otro nos espeja desde su pura otredad. 

De esta manera la discusión de los derechos de las diversidades es trascendida: cuando formamos parte del todo, defender los derechos del otro es defender los nuestros. “El otro” desaparece. Somos diversos. Pero somos los mismos. Y ante todo, nos hemos animado a simplemente “ser”. 

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1. Armistead Maupin. En “The untold tales of Armistead Maupin”. Documental. Directora: Jennifer M. Kroot.